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   Obras de Teatro breve del taller de dramaturgia
  
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Introducción - Daniel Dimeco, compilador
!Divina señal! - Inmaculada Velasco
PIEDAD - Miguel Ángel San Juan
LA CHELITO - Tomás Martín Martín
LA SOPA DE ROSA - Gema Espino
Mirando pasar los trenes - Daniel Dimeco
Qué afortunada fui en Troya - Andrea Delicado
Sin límite - Victoria E. Buenache Vega
Visiones teatrales - Jerónimo López Mozo y Luz Peña Tovar

 

Introducción - Daniel Dimeco, compilador
La función va a comenzar
Un lunes de julio, en el punto álgido del estío madrileño, un grupo de locos decidimos entrar por un portal y refugiarnos en el frescor de una casa vetusta. Una vez dentro, bajamos unas escaleras, en silencio, tal y como establece el desconocimiento mutuo,
y nos sentamos en círculo, como en las terapias de grupo de las películas de Hollywood, mirándonos de rabillo uno a otro, tratando de adivinar algo del mundo del vecino, algún elemento que nos permitiese lograr complicidad, al tiempo que pensábamos lo fantásticos que debían ser los demás escritores, y lo fatales que éramos cada uno en ese arte, el de escribir. Escribir teatro. Ser escritor.
A una de las mesas del círculo mágico se sentaron: Luz Peña Tovar, escritora de Florencia-Caquetá-Colombia-Sudamérica, junto al Maestro Jerónimo López Mozo, meditativo, sereno y certero. Luz nos dijo que comenzaban quince días de ardua labor,
en los que debían salir a la luz, y al amparo de la suya propia, siete obras de teatro breve, una por cabeza.
La montaña se elevó como un gigante delante de nuestros ojos y la noche cayó precipitadamente, aplastándonos. Los miedos y los imposibles se hicieron tormenta.
La tremenda vergüenza de sacar nuestro yo desde las honduras en cada línea y enseñárselo a esos desconocidos. De pronto, comenzó a caer una lluvia vivificante, que hizo brotar ideas, personajes, escenas. Cuando la lluvia amainó comenzó la función.
El telón se levantó y nosotros, los escritores-espectadores de lo nuestro, vimos aparecer sobre el escenario a un hombre de luto por la muerte de su padre y una señora devota de la termomix y del Santo Cristo de Medinaceli. Ninguno de los dos pudo ocultar su turbación al cruzarse con una ciega que le tomaba fotos a una mujer cayendo desde un balcón, dos pisos más arriba de donde una mujer castigaba a un drogadicto.
Nadie ha podido decir dónde ocurrió todo eso, hay quienes se atreven a conjeturar que fue cerca de una escuela indígena en el corazón selvático de Guatemala, pero una pareja asegura haberlos visto en Troya.
Es difícil creer que pueda haber pasado todo eso, pero puedo asegurarles que ocurrió.
Yo estuve allí y los escritores que vienen a continuación también.

Daniel Dimeco
Madrid, septiembre 2005